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El Arte de la Personalidad

por
Pir-O-Murshid Hidayat Inayat Khan
Movimiento Sufí Internacional de los EEUU

Para un sufí, Dios no es solamente un ideal celestial, sino también un Amigo y un Amado, con Quien uno o una interactúa como con un Amante o un Amado. Esto explica porqué ofrecemos a Dios toda alabanza pensando en las maravillas de la Creación: y cuando tratamos con nuestros compañeros y compañeras humanos, ofrecemos todas las acciones de amabilidad y consideración como si fuera a Dios. Los sabios cuidan, sin embargo, de no enorgullecerse de sus buenas obras, recordando que la vanidad es un velo que oculta la presencia de Dios de nuestra vista; mientras que el amor por Dios desprovisto de ego florece en expansión del corazón, bajo cuya luz toda acción se torna virtud.

Si Dios es amor y el amor es sagrado, hay que evitar degradar esa santidad con palabras vanas. El amor es en sí una revelación: una vez que la chispa ha sido encendida, no requiere estudio, concentración, meditación o piedad alguna. Resulta vano buscar una espiritualidad sin amor: si la espiritualidad está en algún lugar, es en el corazón, una vez que la chispa se ha vuelto llama brillante, arrojando luz en el camino otrora oscurecido por la sombra del falso ego.

Bajo la fascinación del poder mundano, uno /a pasa por alto la grandeza de los poderes interiores que pueden ser descubiertos cuando el “yo” es reemplazado por el “Tú eres”. Sin embargo, la auto-negación no implica renunciar a los propios deberes o a las fuentes de felicidad de la naturaleza. Implica negar ese pequeño ego que se insinúa en toda ocasión para eclipsar la luz brillante de la Divina Presencia. En la auto-negación, la felicidad es más intensa porque uno se eleva por encima del deseo, sin descuidar el deber de cumplir con el propósito de la propia vida , que es, en verdad, sólo una ínfima porción de toda la Creación.

El anhelo obvio de toda alma, la felicidad, revela su secreto en el conocimiento del Yo Verdadero, un conocimiento olvidado el primer día cuando el alma, al nacer, toma forma, quedando atrapada en la red del ego falso. La felicidad radica en el uso correcto de los medios que nos han sido otorgados para cumplir el propósito que se espera de nosotros; desafortunadamente, nuestra visión de lo correcto y lo incorrecto no es siempre correcta, ni corresponde siempre a la visión de los demás. La felicidad significa comprender los deseos y las necesidades de nuestro cuerpo físico, descubrir los numerosos misterios de la mente y buscar la iluminación del espíritu.

Muy pocos se dan cuenta de que el corazón es como un domo que devuelve todos los ecos, tanto los buenos como los malos, creando por lo tanto influencias elevadoras o perturbadoras, que a la larga se transforman en rasgos de la personalidad. El control sobre los impulsos es representado por los hindúes como una danza en la Corte de Indra, cuyos movimientos se ofrecen a la Divina Presencia. El arte que los sufíes llaman “Arte de la Personalidad” consiste en pulir los ásperos bordes de la propia vanidad, fuente oculta de la que surgen tanto la virtud como el pecado. Al practicar dicho arte, se ennoblece el carácter.

El arte de la personalidad es como el arte de la música, en el que se requiere entrenar la voz y el oído para distinguir los tonos y sus intervalos a fin de lograr la armonía. Si aplicamos este ideal de armonía a los seres humanos, veremos que la belleza de la personalidad se irradia en las actitudes amistosas de la palabra y de la acción, la espontaneidad en el arte de ofrecer amor sin esperar nada a cambio y el despertar de un auténtico sentido de justicia, expresiones todas de la música de la personalidad.

El arte de la personalidad es un secreto precioso en nuestras vidas. Este arte se manifiesta en todos los sentimientos por la belleza y la sinceridad de pensamiento, palabra y acción. Se revela en las actitudes consideradas hacia los demás y en la conciencia del eco que todos producimos con nuestras acciones, del que deberemos rendir cuentas tarde o temprano.

No podemos excusar una conducta negativa diciendo: “Nací espina, ¿cómo podría ser rosa?”, pues, a diferencia de las plantas, nos ha sido otorgado el don del libre albedrío. La belleza, la fragancia y el color latentes en la raíz se expresan más en la rosa que en la espina, pero ambas pertenecen a la misma planta y tienen la misma raíz. Asimismo, las cualidades angélicas latentes del ser humano pueden revelarse en la belleza y el encanto de la personalidad, no obstante nuestro origen humano.

El encanto de la personalidad que se revela en la belleza se siente también profundamente en el tono de la sinceridad; el secreto de este arte reside en el equilibrio perfecto entre sinceridad y belleza. La buena educación sin sinceridad no es realmente hermosa y la franqueza sin belleza no revela la verdad en toda su sinceridad. Desde el momento en que nuestro espíritu se ennoblece, desaparecen las disputas, los malentendidos y las diferencias. Es señal de espíritu noble comprender todo, asimilar todo, tolerar y perdonar. ¿De qué sirven la religión , la filosofía o el misticismo, si no despiertan en nosotros ese espíritu que es Divino? La flor demuestra ser genuina por su fragancia; la joya por su brillo, el fruto por su dulzura, y la persona por la belleza y sinceridad de su personalidad. Cuando Jesucristo dijo, “Benditos los pobres de espíritu,” reveló en ese mensaje el verdadero secreto del arte de la personalidad entendido como la disolución del propio ego. Conscientes de que nuestro ego es lo que más perturba a los demás, los estamos sirviendo cuando trabajamos voluntariamente sobre nosotros mismos. Las palabras “pobres de espíritu” ilustran la disminución del ego, que entonces exhibe cierto encanto. Este mismo encanto se puede encontrar en quienes han sufrido dolores y desengaños. Sin embargo, la verdadera virtud de la disminución del ego radica en la propia auto-negación.

Al gratificar el ego, le damos más fuerza, y cuanto más lo satisfacemos, más desea. De este modo, a pesar de nuestro origen Divino, nos tornamos esclavos del propio ego. En realidad, tenemos la opción de ser reyes y reinas en nuestro propio reino, pero al gratificar el ego, no sólo perturbamos el ego de los demás, despertando su espíritu de lucha, sino que caemos de la soberanía a la esclavitud, terminando por ser una carga para nosotros mismos.

El sabio libra batalla contra sí mismo, mientras que el ignorante la libra contra los egos de los demás. En estas contiendas, el ignorante obtiene victorias efímeras, mientras que la del sabio es permanente. No obstante, al batallar contra el propio ego, resulta muy difícil saber contra quien estamos realmente luchando, pues uno sólo percibe los aspectos limitados del ego que conforman la ilusión de la propia individualidad. Al profundizar en las limitaciones del ego, podemos llegar a descubrir la verdad del auténtico Yo. En ese momento, la aniquilación del falso ego aparece como una clara respuesta a la llamada interior.

Cuanto más refinado se torna el ego, menos perturbador resulta para los demás, pero más difíciles de soportar se vuelven las pruebas de la vida. Una espina no hiere a su par, pero sí puede destruir la fragilidad de una rosa. Sin embargo, la vida de una rosa, con su belleza, su color y su fragancia, es más intensa que la vida de una espina entre espinas. El entrenamiento del ego no requiere necesariamente una vida de renuncia: es más bien un ejercicio de equilibrio y de sabiduría. Este entrenamiento implica comprender la razón detrás del deseo, las consecuencias de obtener satisfacción, si podemos o no permitirnos pagar el precio requerido, y si se trata de un deseo justo o injusto. Bajo el hechizo del deseo, la garra del ego opaca nuestros sentidos de justicia, de lógica y de deber. En ese estado mental, juzgamos según lo que nos parece ser nuestro mejor interés, razonamos desde un punto de vista egoísta, y nuestro sentido del deber se ve oscurecido por la todo-penetrante imagen del ego.

No cabe duda de que es difícil discriminar lo correcto de lo incorrecto, lo natural de lo no natural, lo necesario de lo evitable, lo que trae felicidad de lo que provoca pena, pero aquí nuevamente la respuesta está en el entrenamiento del ego, que nos lleva a realizar que tanto nuestro peor enemigo como nuestro mejor amigo, la sabiduría, se encuentran en nuestro interior.

La excesiva conciencia de sí tiene innumerables manifestaciones: desde los complejos de inferioridad que requieren alabanza y admiración constante, hasta los de superioridad que se satisfacen humillando y dominando a los demás en una sed insaciable de auto-aserción. Sin embargo, cuanto más intentamos disimular nuestra debilidad bajo la máscara de las apariencias, tanto más colapsa nuestra auto-confianza como un castillo de arena bajo las olas de la marea. Un ego disminuido, en cambio, armoniza en todas las circunstancias como las pequeñas burbujas que flotan con las olas aún en el océano tormentoso.

La vida podría compararse a un edificio con puertas demasiado bajas. Cada vez que queremos pasar, nos golpeamos la cabeza contra el marco, y no nos queda otra que agachar la cabeza al pasar por la puerta. Modestia no significa necesariamente debilidad fundamentada en la auto-compasión, ni es lo mismo que humildad. La modestia es el sentimiento que surge en un corazón viviente consciente de su propia belleza interior, que al mismo tiempo la vela aún de su propia vista.

La palabra hindú para ‘religión’ es ‘Dharma’, que significa 'Deber'. También podría entenderse como la conciencia de las propias obligaciones más nobles. Cuando nos sintonizamos con esta interpretación profunda de la religión, nos damos cuenta de que ser religioso significa cumplir con aquellos deberes que nos han sido confiados por el Destino como propósito de nuestras vidas. De allí que, en tanto trabajadores por la causa del Amor, de la Armonía y de la Belleza, nuestro deber más religioso es practicar el arte de la personalidad, para que algún día podamos tornarnos ejemplos vivientes de dichos ideales, mientras bailamos la danza sagrada en la corte de Indra, el templo de la Divina Presencia que se encuentra en el interior de nuestro corazón.

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